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El Soldado de Chocolate - Parte I

Por: C.T. Studd

¡El heroísmo es el acorde perdido, la nota que falta en el cristianismo actual!

¡Todo verdadero cristiano es un héroe! ¡Un soldado sin heroísmo es un soldado de chocolate! ¿Quién no es incitado al desdén y a la burla con la simple idea de un soldado de chocolate? En tiempo de paz, los verdaderos soldados están como leones cautivos, inquietos dentro de sus jaulas, en cambio, la guerra los libera y los envía como a estudiantes contentos al final del día escolar, a obtener el deseo de su corazón o a perecer en el intento ¡El aliento vital del soldado es la batalla! La paz lo vuelve asmático y jorobado, mientras que la guerra le devuelve la vitalidad contagiosa. ¡Le da el corazón, la fuerza y el vigor de un héroe!

 

TODO VERDADERO CRISTIANO, ES UN SOLDADO DE CRISTO

¡Un héroe por excelencia! Valiente entre los valientes, que se burla de las seducciones de la paz y sus repetidas advertencias contra las dificultades, enfermedades, peligro y muerte, cosas que el valiente considera sus mejores amigos.

¡El cristiano que no es así, es un cristiano de chocolate! Que se disuelve en el agua y se derrite al olor del fuego. ¡Son golosinas, bombones, caramelos! Que pasan sus vidas sobre una charola de porcelana o en una cajita de dulces, cada uno envuelto suavemente, en un papelito con bordes recortados para preservar su preciosa y delicada textura.

“Dice: “Yo voy, Señor” y no fue”, dijo que iría a los paganos, pero en lugar de hacerlo, se quedó con los cristianos.

“Ellos dicen y no hacen”, mandan ir a otros, pero ellos no van.

En la batalla de Sebastopol, un cabo mandó a un soldado raso para que arreglara una defensa militar. “Nunca mande a otro, a hacer lo que usted mismo tiene miedo de hacer”, le dijo el general Gordon al cabo, mientras él mismo saltaba sobre el parapeto de la trinchera para componerla.

Para el Cristiano de Chocolate, el sólo hecho de pensar en la guerra le produce un violento ataque de nervios, y el llamado a la batalla lo deja paralizado. Dice: “Realmente soy paralítico”, “Quisiera hacerlo, pero sólo puedo cantar”. He aquí algunos de mis versos favoritos:

 

Que me lleven al cielo

sobre camas de flores,

que otros conquisten el premio,

a través de mares de horrores.

 

¡Seguid vuestra marcha! héroes cristianos,

que nosotros también avanzamos

aunque no a la misma batalla.

¡Deteneos! Cuidad a los niños

mimadlos con muchos cariños

alimentadlos, vestid en pañuelo,

a los bebes que están en el suelo.

Hacedlo sin tregua, no deben parar

hasta que de gorditos

no puedan ni andar

 

Coro:

Dejadnos deambular

en paz dejadnos dar

vueltas y vueltas en la guardería,

niñeras somos, en vez de infantería.

Dulces, pasteles y demás

en nuestros platos deben estar

porque lo mas deleitoso,

no nos debe faltar.

 

Gracias al buen Señor, decía una frágil y anciana señora, ¡“Dios nunca quiso que yo fuera una gelatina” y en verdad no lo era! Dios jamás ha sido y nunca será un fabricante de chocolate.

Los hombres de Dios siempre son héroes. En las Escrituras se pueden hallar sus gigantes huellas sobre las arenas del tiempo.

 

NOE

Caminaba con Dios y no sólo predicaba la justicia, sino que la practicaba. Pasó por el agua y no se disolvió, se enfrentó a la opinión general de su época, desdeñando tanto el odio como la mofa de quienes se burlaban de la idea de que existiera un sólo camino para ser salvos. Noé les advirtió a los incrédulos del juicio de Dios, y una vez que entró en el arca, no abrió la puerta ni una pulgada, ya que Dios la había cerrado. He ahí un verdadero héroe inconmovible ante el temor al hombre.

Aprende a desdeñar de los hombres sus elogios,

aprende a perder con Dios;

Jesús conquistó el mundo sufriendo vergüenza,

y a todos nos invita a seguir su senda.

 

ABRAHAM

Fue un sencillo campesino que al escuchar las palabras del Dios invisible, se marchó con su familia y su ganado, a través del terrible desierto hacia una tierra lejana, para vivir en medio de un pueblo cuyo idioma no hablaba ni entendía. ¡Qué tal! Y más tarde hizo algo mejor. Marchó de prisa contra un ejército de cinco reyes aliados, enaltecidos por su reciente victoria, ¡todo para rescatar a un sólo hombre! ¿Su ejército? Sólo unos 318 hombres equipados para la aventura, ¡Y ganó! “El que se une con Dios siempre gana”. ¡Qué intrepidez! ¡Era sólo un campesino sin preparación alguna para la guerra! No obstante: ¿Qué héroe ha superado esa hazaña? ¿Y cuál fue su secreto? Abraham era amigo de Dios. Ese fue su secreto abierto.


MOISES

Llamado el hombre de Dios, fue una especie de camaleón humano. Erudito, general, legislador, líder, etc. Criado como nieto del rey, tenía muchas posibilidades de llegar al trono, para lo cual sólo había un obstáculo: “La verdad”. ¡Qué decisión más difícil! ¡Qué tentación! ¡Un trono a cambio de una mentira! La ignominia, el exilio, o bien la muerte, a cambio de la verdad. ¡Hizo el papel de hombre!

“Rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo, que los tesoros de los egipcios...” (Heb. 11:24-26)

Lo veo de nuevo... Ahora viejo y solitario, marchando imperturbable de regreso a Egipto, después de cuarenta años de exilio, a enfrentarse al león en su guarida, a liberar a los esclavos del Faraón frente a sus propios ojos, y conducirlos a través del inmenso y peligroso desierto.

¡Un proyecto que requiere esfuerzo, y sobrepasa a cualquier otro! ¡Los designios de Dios siempre han sido así! Mira el Jordán, a Jericó, a Gedeón, Goliat, y a muchos más. Los Proyectos fáciles llevan otra marca: ¡La de la Brigada de Chocolate! ¡Cuánto aman sus escondrijos y aún así se consideran sabios! Los verdaderos cristianos se deleitan en aventuras de gran riesgo por Cristo, esperando grandes cosas de Dios e intentando las mismas grandes cosas con regocijo. En la historia no se han podido igualar las hazañas de Moisés. ¿Cómo lo hizo? No consultó con carne y sangre. No obedeció a ningún hombre, sino a Dios.

Y de nuevo veo al anciano de barba gris, bajando esta vez del monte a grandes zancadas, precipitándose al campamento, con los ojos flameantes como carbones encendidos. Un sólo hombre contra dos millones de danzantes, desenfrenados en el libertinaje. ¡Bravo! ¡Bien hecho viejo! ¡De primera! Su rostro no palidece, pero su boca se mueve y creo escuchar las palabras: “Si Dios está por mí, ¿quién contra mí? No temeré a diez millares de hombres que se hayan puesto en contra mía. Aún si un ejército acampe alrededor de mí, no temerá mi corazón”. Y no temió ¡Nuevamente ganó Moisés! ¿De dónde tal valor y heroísmo? Escucha lo que Dios dice de él: "Y aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra" (Nm. 12:3)

El Señor habló cara a cara con Moisés, como hablamos nosotros con un amigo: “No así a mi siervo Moisés, que es fiel en toda mi casa. Cara a cara hablaré con él....” (Nm. 12:7-8) Tal es la afirmación acerca de Moisés, el camaleón, el hombre y amigo de Dios; por consecuencia, un héroe de primera clase.

 

DAVID

David, cuyo corazón era conforme al de Dios, fue un hombre de guerra y de mucho valor. Cuando todo el ejército de Israel se acobardó, él enfrentó a Goliat -sólo... con Dios- siendo apenas un muchacho y además bien regañado por su hermano mayor, por haberse acercado al campo de batalla. ¡Qué necio más grande fue su hermano Eliab! Como si David sólo hubiera ido a ver una batalla y no a luchar. Eso es para los soldados de chocolate. Los que sólo van a ver las batallas y tranquilamente incitan a otros a pelear.

Sería mejor que guardaran el dinero del viaje y lo emplearan para enviar a los verdaderos guerreros. Los soldados no necesitan niñeras, les basta el Espíritu Santo, siempre presente y dispuesto a cuidarlos en cualquier necesidad con una simple petición. ¡No! ¡David fue a la batalla, se quedó a luchar y ganó! Sabio por encima de su juventud, no tenía necesidad de la armadura que utilizaba Saúl, porque restringía su libertad de actuar... Se la midió y tan pronto como se la midió, se la volvió a quitar. Además, rechinaba tan horrible al caminar, que le hubiera impedido escuchar la apacible y delicada voz de Dios, diciéndole: “¡Por aquí es el camino a la cañada David, ahí están las cinco piedras lisas! Confía sólo en mí. ¡Tu honda, hecha con tu mano servirá perfectamente, y ahí está el atajo hacia Goliat!” LOS CHOCOLATES habían huido, (pues todos eran de chocolate), pero David arremetió contra Goliat. Una sola piedra lisa bastó.

El secreto de David consistió en que sólo tenía un director y éste era infalible. Dios dirigió la piedra así como al joven. Varios capitanes en un equipo echan a perder el partido y si hay dos, sobra exactamente uno. Por eso Cristo dijo a sus soldados: El os guiará a toda la verdad.

“Este es mi Hijo Amado: a El oid”. (Mr. 9:7)

“Un solo mediador, entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”. (1 Ti. 2:5)

“Un solo director del cristiano” El Espíritu Santo, cuyas instrucciones indiscutiblemente requieren obediencia inmediata, sin depender de la aprobación de los hombres.

Al diablo se le ataca con balas ardientes provistas por la fundidora del Espíritu Santo... El se ríe de balas frías o tibias; y usar las que son una mezcla de hierro y arcilla, medio divinas y medio humanas, es como lanzarle bolas de nieve.

¿De dónde provenían la resolución y la destreza de este inexperto joven? No fue de cursos militares, escuelas teológicas o retiros espirituales. ¡Basta conocer sólo al Dios verdadero y a Jesucristo! Pablo decidió conocer sólo a Jesucristo, ¡Y vean que resultado! Mientras otros aprendían teorías bonitas, David, así como Juan, habían estado a solas con Dios en el campo, practicando contra osos y leones. ¿El resultado? Conocía a Dios y hacía proezas. Lo miraba sólo a Él, confiaba, y le obedecía. Ese era el secreto, sólo Dios da fuerzas. Dios mezclado con hombres implica la debilidad del hierro y la arcilla... chocolate, ¡fragilidad!

David era un héroe. Sin embargo, ¡Ay de él! Una vez jugó el papel de soldado de chocolate. Se quedó en casa, cuando debía ir a la guerra. Su ejército, lejos y en peligro, luchando contra el enemigo, ganó la batalla. Mientras que David, a salvo en su hogar, cerca de la casa de Dios y aún frecuentándola, sufrió la gran derrota de su vida, ocasionando una cosecha tan amarga de por vida, que bien pudiera disuadir a otros de cometer la tontería de sembrar esa clase de semillas silvestres. El pecado de David es un tremendo sermón (Como debiera haber sido la predicación de Lot en Sodoma) Su tema: ¡“No seas un soldado de chocolate”!

Mediante una sencilla, rápida y completa confesión, David recobró otra vez su vigor. Se necesita ser un verdadero hombre para realmente confesar. Un soldado de chocolate dará excusas o encubrirá su pecado. Resbalará en el fango, se revolcará, limpiará su boca tratando de quitar el mal sabor de la mentira consumada y se engañará diciendo: “No he cometido iniquidad”. ¡El tal será un suicida insensato! Matando la conciencia para guardar la dignidad. Como Balaam que azotó a su asna cuando trataba de salvarle la vida. El ser un soldado de chocolate casi le cuesta la vida a David. ¡Cuidado!

 

NATAN

Fue otro verdadero soldado de Cristo. Él fue a reprocharle a su rey de frente, como lo hizo Pedro con Ananías (sólo que David aprovechó la oportunidad y confesó), no como los soldados de chocolate de hoy, que se la pasan murmurando y se niegan a juzgar, reprochar, o a quitar de en medio lo malo por miedo a un posible escándalo.

Ellos, acobardados dicen: “No es nada ¡Nada en absoluto, apenas una equivocación! Como si la causa de Dios sufriera más por una declaración abierta en defensa de la verdad y por el uso de la espada, que por esconder el pecado y permitir el desarrollo mortífero en los miembros, causando así la muerte para el cuerpo entero.

“El que hace justicia es justo”, “El que peca es del diablo”, y uno debe decirlo. El que cae y vuelve a ser llevado cautivo por el diablo, no necesita ni vendajes ni ungüento, sino de un justo que lo reprenda con firmeza y lo exhorte a que se arrepienta. Hoy en día necesitamos mucho de personas como Natán, que le temen solo a Dios y no a cualquier escándalo.


DANIEL

¡Por supuesto! Fue otro héroe ¿Acaso no era el hombre amado de Dios, a quien mandó un ángel para decírselo?

Me gusta observarlo mientras se dirige al foso de los leones con paso firme y cara radiante, parando sólo una vez, como su Señor rumbo al Calvario, para confortar al emperador que estaba llorando y agonizando. Dios obró a favor de Daniel, cerrando la boca de los leones, pero la abrió para aquellos que habían hablado en contra de su siervo.

A un hombre se le conoce por sus obras, y las obras de Daniel eran sus tres amigos, quienes prefirieron enfrentarse al horno de fuego antes que inclinarse delante de los hombres o de la imagen de oro.

Ve a Daniel otra vez, ahora en el salón del banquete, mientras se oye el susurro del que lo conduce: “Sé amable Daniel, sé diplomático...” “Posición y poder te esperan si eres discreto y sabio; sobre todo si eres discreto”. Y ahí va la sencilla respuesta de Daniel: “¡Fuera, Satanás!” Después lo podemos ver delante del rey, enfrentando la tortura o la muerte inmediata, pero fue el rey quien vaciló, no Daniel, quien le dice directamente toda la calcinante verdad de Dios, sin quitarle una sola palabra

 

JUAN EL BAUTISTA

Fue un hombre enseñado, hecho y enviado por Dios, un buen tipo. ¡Juan! ¿Quién no lo ama y admira? ¡Hasta Herodes! No tenía pelos en la lengua, ni endulzaba sus palabras. No tenía ni una gota de aceite, ni de melaza en su composición, pues siempre enfatizaba la pura verdad. Como amaba, así advertía, no sabía adular. Cortejaba con la espada, y por eso los hombres lo amaban más. Siempre es así.

Los líderes religiosos mandaron interrogar a Juan con la pregunta que tanto gustaban de hacer: ¿Con qué autoridad haces estas cosas (buenas)? Lo mismo le preguntaron a Cristo, y lo crucificaron por haberlas hecho. La respuesta de Juan fue sencilla y mordaz. Les responderé lo que preguntan y más. (Juan era siempre sincero) “¿Yo? Yo no soy nadie, pero ustedes y sus maestros son una generación de víboras”. ¡Que contestación! Juan siempre ponía sal a sus palabras. Era un hombre que hablaba con libertad y audacia, un hombre de Dios que: ¡No era ni golosina, ni soldado de chocolate!

De igual manera, se enfrentó a Herodes después de seis meses en una celda subterránea, donde actuaba como un hombre de la “misión de Dios al aire libre”. Llevado ante el rey, rodeado de todo el poder y la majestad de la corte, parpadeando por la desacostumbrada luz, pero de ninguna manera vacilando ante la verdad, dejó escapar la ardiente y tronante reprensión:

“No te es lícito tomar esa mujer por esposa”. Todo un sermón en una frase, tan fácil de recordar como imposible de olvidar. Juan había predicado así antes. Como Hugh Latimer, no menospreciaba el repetir palabra por palabra, un buen sermón a un rey, cuando éste había hecho caso omiso de sus advertencias.

Juan recibió tanto de Dios como del emisario de Satanás; la distinción única de ser un personaje sobresaliente. Escucha al Salvador, que se permite una explosión de exquisito sarcasmo, acerca de aquello que la gente pensaba de Juan. ¿Qué salieron a ver al desierto, una caña sacudida por el viento? ¿Un hombre vestido de ropa fina? ¿Un cristiano de Chocolate? ¡Qué delicia! Los chocolates se encontraban precisamente ahí delante de Jesús, fariseos, saduceos, sacerdotes, escribas, abogados y otros hipócritas. ¡Cómo se divertiría la muchedumbre! “¿Un profeta? ¡Si, os digo, y mucho más que un profeta! De hombre nacido de mujer no hay uno mayor que Juan”. Y ¿Qué dijo el enviado del diablo cuando oyó de Jesús, después de la muerte de Juan? “Es Juan levantado de la muerte”. ¡Qué personaje! ¡Imagínate, alguien confundiendo a Jesús con otro! Con el único que pudiera ser confundido, con Juan. Nadie le envidiaría esa honra, la tenía bien merecida. Aunque de veras era un gran honor porque Juan era un hombre puro, sólido, sin una sola pizca de chocolate.Si Juan hubiera oído decir a Jesús: “Ustedes me serán testigos hasta los confines más remotos de la tierra”, no creo que la cárcel de Herodes o sus soldados, lo hubieran podido detener. Seguramente habría encontrado la manera de escapar y habría salido a predicar el evangelio de Cristo, sino en el mismo corazón del África, entonces en otra parte más difícil y peligrosa. Pero Cristo dijo refiriéndose al don del Espíritu Santo que seria dado a todo creyente: “El que es el menor en el reino de Dios, es mayor que Juan,” dando a entender que poderes aún más grandes están a la disposición de todo cristiano y que todos nosotros podemos ser lo que era Juan: Bueno, directo, intrépido, invencible y heroico.

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